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El prГ©stamo de la difunta

Vicente Blasco IbГЎГ±ez

Vicente Blasco IbГЎГ±ez

El prГ©stamo de la difunta

EL PRÉSTAMO DE LA DIFUNTA

I

Cuando los vecinos del pequeГ±o valle enclavado entre dos estribaciones de los Andes se enteraron de que Rosalindo Ovejero pensaba bajar ГЎ la ciudad de Salta para asistir ГЎ la procesiГіn del cГ©lebre Cristo llamado В«el SeГ±or del MilagroВ», fueron muchos los que le buscaron para hacerle encomiendas piadosas.

AГ±os antes, cuando los negocios marchaban bien y era activo el comercio entre Salta, las salitreras de Chile y el Sur de Bolivia, siempre habГ­a arrieros ricos que por entusiasmo patriГіtico costeaban el viaje ГЎ todos sus convecinos, bajando en masa del empinado valle para intervenir en dicha fiesta religiosa. No iban solos. El escuadrГіn de hombres y mujeres ГЎ caballo escoltaba ГЎ una mula brillantemente enjaezada llevando sobre sus lomos una urna con la imagen del NiГ±o JesГєs, patrГіn del pueblecillo.

Abandonando por unos dГ­as la ermita que le servГ­a de templo, figuraba entre las imГЎgenes que precedГ­an al SeГ±or del Milagro, esforzГЎndose los organizadores de la expediciГіn para que venciese por sus ricos adornos ГЎ los patrones de otros pueblos.

El viaje de ida ГЎ la ciudad sГіlo duraba dos dГ­as. Los devotos del valle ansiaban llegar cuanto antes para hacer triunfar ГЎ su pequeГ±o JesГєs. En cambio, el viaje de vuelta duraba hasta tres semanas, pues los devotos expedicionarios, orgullosos de su Г©xito, se detenГ­an en todos los poblados del camino.

Organizaban bailes durante las horas de gran calor, que ГЎ veces se prolongaban hasta media noche, consumiendo en ellos grandes cantidades de mate y toda clase de mezcolanzas alcohГіlicas. Los que poseГ­an el don de la improvisaciГіn poГ©tica cantaban, con acompaГ±amiento de guitarra, dГ©cimas, endechas y tristes, mientras sus camaradas bailaban la zamacueca chilena, el triunfo, la refalosa, la mediacaГ±a y el gato, con relaciones intercaladas.

Algunas veces, este viaje, en el que resultaban mГЎs largos los descansos que las marchas, se veГ­a perturbado por alguna pelea que hacГ­a correr la sangre; pero nadie se escandalizaba, pues no es verosГ­mil que una gente que va con armas y ha hecho viajes ГЎ travГ©s de los Andes pueda vivir en comГєn durante varias semanas, bailando y bebiendo con mujeres, sin que los cuchillos se salgan solos de sus fundas.

Ahora ya no habГ­an arrieros gananciosos que dedicasen unas cuantas docenas de onzas de oro al viaje del NiГ±o JesГєs y de sus devotos. Los mГЎs ricos se habГ­an ido del pueblecillo; sГіlo quedaban arrieros pobres, de los que aceptan un viaje ГЎ El Paposo en Chile Гі ГЎ Tarija en Bolivia por lo que quieren darles los comerciantes de Salta.

Rosalindo Ovejero era el Гєnico que deseaba seguir la tradiciГіn, bajando ГЎ la ciudad para acompaГ±ar al SeГ±or del Milagro en su solemne paseo por las calles.

Desde que anunciГі su viaje, el rancho de adobes con techumbre sostenida por grandes piedras, que habГ­a heredado de sus padres, empezГі ГЎ recibir visitas. Todos acompaГ±aban su encargo con un billete de ГЎ peso.

Las mujeres le narraban, sin perdonar detalle, las grandes enfermedades de que las habГ­a salvado la imagen milagrosa. Sus entraГ±as dolorosamente quebrantadas por la maternidad se habГ­an tranquilizado despuГ©s de varios emplastos de hierbas de la Cordillera y de la promesa de asistir ГЎ la procesiГіn del Cristo de Salta. Ellas no podГ­an hacer el viaje, como en otros aГ±os; pero Rosalindo iba ГЎ representarlas, pues el SeГ±or del Milagro es bondadoso y admite toda clase de sustituciones. Lo importante era pagar un cirio para que ardiese en su procesiГіn.

–Tomá, hijo, y cómpralo de los más grandes—le decían las mujeres al entregarle el dinero—. Te pido este favor porque fuí muy amiga de tu pobre mama.

Después iban llegando los varones: pobres arrieros, curtidos por los vientos glaciales de la Cordillera que derriban á las mulas. Algunos, durante las grandes nevadas, habían quedado aislados meses enteros en una caverna—lo mismo que los náufragos qu